Empiezas a ver la película pensando en que se trata de una historia de rencillas y egos cruzados entre bailarinas de ballet. La típica lucha para conseguir el papel principal en un clásico “El lago de los cisnes”, pero a medida que avanza la cinta caes en la cuenta de que la protagonista no está luchando contra las demás sino consigo misma.
Nina -estupenda Natalie Portman-, es una buena bailarina, sumamente disciplinada, sujeta a una madre controladora que no le deja escapar de la infancia. Es una muchacha inocente y frágil que encaja a la perfección en el papel de cisne blanco, pero que carece de las cualidades y la madurez suficientes para encarnar al malvado cisne negro. Su elección como protagonista principal de la obra es el detonante de una espiral emocional que atrapa al espectador.
Aronofsky utiliza recursos fílmicos que facilitan la identificación subjetiva con la protagonista como los planos secuencia en la nuca de Natalie Portman, la muestra directa de las pústulas o sus pies deshechos por el baile. Consigue enfatizar la dualidad usando decorados casi limitados al blanco y negro.
Durante la primera parte Aronofsky de manera sutil y casi subterránea crea una atmósfera inquietante, con puntos de intriga, y desasosiego que recuerdan al mejor Polanski y que incitan al espectador a ahondar en la historia. Ahora bien, conscientes de que el retrato de una paranoia no es tarea fácil, debe reconocerse que la última parte de la película resulta excesiva, demasiados recursos efectistas que rompen el universo silencioso y claustrofóbico del comienzo. Por todo ello pienso ha de ser valorada en su conjunto, y apreciada por el mero hecho de no dejarnos indiferentes. Nos cuenta muchas cosas y nos las cuenta bien.
El mensaje más evidente es que la búsqueda obsesiva de la perfección conduce a la autodestrucción, a la anulación del “yo” en pro de un objetivo, de un fin. Sin embargo para mi la película plantea un matiz psicológico todavía más interesante, nos está mostrando un proceso de madurez “antinatura”. La protagonista es casi una niña que duerme entre peluches, sujeta a una excesiva protección materna y educada para el logro de una meta. Así su línea vital permanece inalterable sin espacio para la pasión, la diversión o el error, en muchas ocasiones el director de la obra le pide que no sea “tan perfecta”, “que se deje llevar”. Es fácil entender el desconcierto de Nina ante estas exigencias, sabedora de que su vida no es más que una “autoexigencia” permanente. De pronto le piden que asuma un papel repleto de matices que desconoce, y ahí es dónde surge su catarsis mental con el espectador como cómplice de un proceso imparable. Es posible ir más allá y concluir que generalmente quién busca obsesivamente la perfección es el inseguro de sí mismo, y este proceso en muchas ocasiones se origina o intensifica con las limitaciones impuestas, o cuando los padres insisten en inculcar a los hijos sus deseos frustrados, o cuando los encierran en una equivocada protección del mundo externo. La película con su atmósfera malsana, los puntos de guión en suspense, su universo de opresión o su plasticidad, nos hace sentir toda una amalgama de sensaciones expresadas de modo extremo pero que con menor intensidad o artificio podemos haber sentido todos los que en un momento de nuestra vida hemos deseado ser los mejores a toda costa, o hemos necesitado la constante aprobación de los otros o nos hemos sentido presionados por anhelos ajenos. Cuando además esas sensaciones te asaltan al crecer, seguramente te están cortando las alas.
Tal vez esto le ocurrió al cisne blanco, incapaz de transformarse en cisne negro porque nunca supo enfrentarse a esas plumas grises que surgen al crecer pensando que eran la imperfección. Y probablemente lo pensara porque nunca la dejaron andar y caerse, porque sólo la dejaron pasar por la vida de puntillas.

