¿De dónde sacó la idea de "Nada que declarar"?
Estábamos promocionando Bienvenidos al Norte. Había muchísimos pases en la región del norte de Francia y en Bélgica y estaba todo el tiempo cruzando la frontera entre ambos países. La frontera en sí ya no existe, pero sí que la cruzaba cuando era estudiante. Para ir a fiestas o porque mi padre me mandaba a apostar a los caballos. Y nunca me gustó. Yo llevaba el pelo largo, una carpeta de artista y mis pins del grupo The Cure. Así que siempre me paraban y me registraban en el puesto de frontera. Ahora, cuando cruzo la frontera me encuentro en tierra de nadie, con casetas de centinelas vacías, tiendas y casas abandonadas. Una especie de ciudad fantasma. Como las que se ven en las películas del Oeste. Y me di cuenta que era un escenario con un gran potencial cinematográfico.
Así fue como nació la idea de la película. Busqué y hablé con agentes de aduanas para que me contaran cómo eran las cosas antes y cómo habían cambiado. De hecho, algunos habían grabado en último día, el día del cierre de los puestos con cámaras de vídeo. También fui a los archivos del INA (Institut National de l’Audiovisuel) para documentarme sobre ese periodo y entre otras cosas encontré las protestas que habían desencadenado los cierres de los puestos de aduanas.
Aunque las aduanas son el telón de fondo del argumento de Nada que declarar, también hay una historia de amor, ¿no?
Sí. Para mí, se trata sobre todo de una historia de amor entre Mathias Ducatel, el agente de aduanas francés que interpreto y una chica belga, la hermana del agente de aduanas Ruben Vandevoorde, que siente verdadera francofobia. Es una historia real que le ocurrió a uno de los compañeros de un agente de aduanas con el que hablé. Su amor por una mujer que trabajaba en la aduana belga no estaba bien vista por sus superiores.
Esta historia de amor imposible también está inspirada en la vida de mis padres. Mi padre era de origen argelino kabyle y mi madre francesa. Se quedó embarazada enseguida y fue rechazada por parte de su familia. Cuando de niños vives algo así no se te olvida nunca.
Pero más allá del caso de mis propios padres, las historias sobre parejas que cruzan ciertos límites, ya sea por diferencias sociales, religiosas o de otro tipo, son historias universales. Así que con Nada que declarar construí una comedia que llevara bastante el tema del racismo pero sin molestar a nadie. Porque los franceses y los belgas son primos.
La francofobia de Ruben Vandevoorde tiene visos de realismo, hace reír, hace pensar, pero sin provocar rechazo. De esta forma se pueden decir muchas cosas sobre el patriotismo y el racismo, pero de rebote. Si se coge el adjetivo “francés" del vocabulario de Ruben y se sustituye por "árabe" o "judío" o "negro", adquiere una dimensión completamente nueva. De hecho esa idea se utiliza en una escena en la que Mathias no se atreve a reconocer su verdadero problema. Así que en la cena le dice a Ruben que está enamorado de una chica negra cuya familia odia a los blancos. ¿Y qué contesta Ruben? “¡Qué pena!” y “¡Qué triste!” El racista siempre es otra persona, nunca eres tú.
Después de triunfar en Bienvenidos al norte, ¿se sentía muy presionado para escribir una secuela?
Sí, la presión era enorme. Muchos directores y productores me habían explicado lo difícil que es volver escribir después de tener un éxito. Y también me dijeron que suele ser un gran fracaso. (risas) Bertrand Blier llegó a decirme: “Buena suerte con tu próxima película. Porque justo después de Los rompepelotas (Les Valseuses), ¡me pegué un buen tortazo!” (risas). Pero en el aspecto práctico, una vez que tuve mi historia, todo salió bien. Aunque creo que en mi cabeza siempre rondaba la idea de que la gente quería que hiciera una segunda parte. Y yo también me obsesionaba porque no quería decepcionarlos.
Además, cuando tienes éxito nadie te lleva la contraria y no pone muchas pegas al guión digas lo que digas. ¿No le parece?
Es cierto que las relaciones con los demás cambian. Y cuando lo di para que lo leyeran tuve que hacer lo contrario que hice con Bienvenidos al norte. Entonces me pasaba el tiempo explicándole a la gente que era más fácil escuchar el guión que leerlo. En realidad les estaba pidiendo que fueran indulgentes. Esta vez le decía a la gente que se olvidaran de eso, que no tuvieran miedo de decirme lo que no funcionaba. Así que oí todos los puntos de vista y me quedé con lo interesante.
Al final escribí siete borradores del guión. Y el aspecto más difícil fue encontrar el equilibrio perfecto entre Ruben y Mathias como dúo por una parte, y con el resto de los personajes de la historia. Además, por una parte había que ceñirse al argumento principal y conseguir que el público no se aburra en cuanto no aparecen los dos protagonistas de esa historia.
Nada que declarar también ofrece un equilibrio entre comedia y sentamientos, algo característico de sus películas, pero también de sus monólogos.
Por supuesto, Nada que declarar es una comedia pero su mensaje, y siento utilizar esta palabra tan manida, es más profundo que el de Bienvenidos al norte. Aborda el tema del racismo, ese tipo de racismo aparentemente inocuo que empieza con un chiste o una broma. Pero para mí, Nada que declarar también es una historia de amor de verdad. Este es el desafío que plantea la película: ¿Podrá este aduanero francés, locamente enamorado de una chica belga, sortear el racismo antifrancés de su familia y casarse con ella? El telón de fondo es la eliminación de las fronteras, algo muy simbólico en el contexto de la historia que he querido contar.
¿Resulta más difícil escribir el guión de una película más compleja que el de una comedia?
¡Sí, desde luego, es mucho más complejo! Cuando escribes un guión tienes que conseguir sorprender sin desestabilizar y sintetizar. En un guión, una escena es más fuerte cuando has traspasado el hueso y has llegado a la médula de una situación, pero también de los personajes, de la interpretación, la iluminación y la forma de dirigir. Hay un sinfín de parámetros antes de llegar al resultado que buscas. Y entre la emoción original o la risa que estaban ahí al principio del texto hasta el resultado final, tienes un lapso de dos o tres años en los que corres el riesgo de perder ese hilo. No debes olvidarte nunca de esto durante todo el proceso.
Para mí, escribir un monólogo es como hacer un dibujo a carboncillo. Trazas los contornos y luego en el escenario va tomando forma, se desarrolla. El cine es una acuarela realizada con trazos totalmente permanentes y la más ligera modificación puede echarlo a perder. A diferencia del teatro, donde tienes la nariz siempre pegada a la historia y donde no puedes nunca distanciarte para evaluar la situación. Como si pintaras primero el ojo, luego la ceja, y después la nariz. Tienes que tener en mente toda la representación del cuerpo. De lo contrario acabas haciendo algo absurdamente desproporcionado. Pero lo que más me gusta de hacer películas es estar con el equipo. Es como una familia entera que se marcha de viaje. Todos van en la misma dirección, ayudando a un director o controlándole.
¿Le ha ayudado su experiencia en el teatro a la hora de hacer películas?
En 15 años de monologuista y de enfrentarme al público en directo, creo que tengo cierto sentido del ritmo que necesita la comedia. Además tengo buen oído y sé cuando el diálogo suena bien.
¿Pensó enseguida en Benoît Poelvoorde para interpretar al aduanero belga?
Sí. Lo hice porque la humanidad de Benoît es tan grande, que a pesar de las atrocidades que salgan por su boca, todo funciona bien. De hecho ha sido la primera vez que escribo para un actor en particular. Normalmente no me gusta hacerlo porque proyectas lo que ya sabes de una persona y eso supone una limitación. Prefiero construir un personaje y que el actor le dé su propia personalidad. Pero el caso de Benoît es especial. Es tremendamente inventivo así que ese tipo de problemas no existen con él. Así que fue una elección fácil para el papel. ¡A pesar de eso se las arregló para sorprenderme! Me enseñó cosas de él que nunca había visto. Se entrega al cien por cien en todas las escenas. Es un prodigio. Para él no hay medias tintas. Se vuelve loco si se equivoca con una palabra o si mezcla el orden de una línea del diálogo. Pero eso no interfiere en absoluto con la inmensa alegría que le proporciona la interpretación. Venía a los monitores para ver las tomas que acababa de rodar, aunque me han dicho que nunca hace eso. Venía al screening del reparto y el equipo, a pesar de que nunca le ha gustado ver las películas en las que aparece.
Siento una enorme admiración por él y mucho afecto. Y en este rodaje descubrimos que teníamos muchas cosas en común. Fuimos al mismo colegio, el Saint-Luc, él en la sede de Lieja y yo en Tournai.
Nuestros padres se dedicaban a lo mismo. Los padres eran camioneros y las madres despachaban en una tienda. Nos gusta la misma música, sobre todo Dick Annegarn. Nos sabemos sus canciones de memoria.
Al principio, tanto a él como a Bouli Lanners y François Damiens, les asustaba un poco que yo me presentara en el plató presumiendo de haber vendido 20 millones de entradas. Lo entiendo. Pero no tiene nada que ver. Estoy muy contento de haber tenido ese enorme éxito pero no tenía la menor intención de rodar esta película dándomelas de triunfador.
¿Su participación como actor en esta película también fue una elección inevitable? ¿Y un placer?
Me he ido acostumbrando con el tiempo. Y ahora controlo mucho mejor las cosas en un plató. También se lo debo a mi experiencia como monologuista. Cuando estaba empezando, si ocurría algo inesperado me sentía inseguro. Ahora he aprendido a gestionar ese tipo de cosas, por ejemplo con la improvisación. Pero a pesar de eso me gustan más los momentos en los que no actúo. Tengo que reconocer que me encanta dirigir y ver como mis actores dan vida a mis personajes.
¿Qué tipo director de actores es usted?
Preparo muy bien las cosas con antelación para no cansar a mis actores con aspectos técnicos. Además, hago el storyboard de muchas escenas o hago que lo realicen. Una vez que estoy en el plató siempre hago un ensayo técnico de una escena. Tengo una idea bastante precisa de lo que quiero aunque casi nunca me ciño al plan exacto. Pero tener esa parte del trabajo hecha me permite divertirme con mis actores. Les dejo que hagan sugerencias y después les corrijo para que hagan lo que yo quiero. Deben atenerse a la idea precisa que tengo sobre cada uno de los personajes. Escucho a todo el mundo, pero las decisiones las tomo yo. Porque sé que el público puede rechazar una película porque un pequeño papel no suena verídico, no está bien escrito o no está claramente definido. Esa idea me obsesiona.
Está bastante claro que con respecto a la fotografía y a los platós, esta película es más ambiciosa que Bienvenidos al norte. ¿Qué instrucciones le dio a su decorador de plató y a su director de fotografía?
Uno de los verdaderos personajes de Nada que declarar son los platós de los puestos de aduanas y del restaurante del Señor y la Señora Janus. Todos estos elementos se crearon para la película y se construyeron prestando una enorme atención a los detalles. Por ejemplo, en la casa de Ruben Vandevoorde hay tres velas, los colores de la bandera belga. Puede que detalle pase desapercibido, pero para mí es un elemento indispensable a la hora de crear el ambiente que yo quería. Y eso se lo debemos a Alain Veissier, con el que ya había trabajado en Bienvenidos al norte. Tenía un presupuesto mayor para Nada que declarar. Y trabajamos con muchísima antelación y muy estrechamente con Pierre Aïm, el director de fotografía, que también trabajó en Bienvenidos al norte. Pierre y yo trabajamos para crear un contraste entre los exteriores invernales y los interiores más cálidos, pero con una diferencia: el puesto de aduanas belga tiene un estilo campestre mientras que el lado francés es mucho más burocrático.
¿Es importante para usted trabajar con el mismo equipo técnico?
Sí, pero no hay obligaciones. Por ejemplo, decidimos que Pierre Aïm no manejaría él mismo la cámara para que pudiera concentrarse en la luz. Eso ya es mucho trabajo, sobre todo porque el ambiente es invernal. Quería que pudiera tomarse descansos para ver las cosas con más perspectiva y que tuviese tiempo para respirar. Además, Pierre me recomendó a Rodolphe Lauge, un operador de cámara fantástico. Y su aportación fue fundamental, sobre todo en las escenas de acción que salpican toda la película.
Rodar escenas de acción, eso sí que es algo nuevo en su filmografía.
¿Qué enfoque le dio?
Gracias a Rodolphe y a Nicolas Guy, mi primer ayudante, descubrí el Ultimate Arm, un invento ruso perfeccionado por los americanos. Es un brazo de robot que se fija en el techo de un vehículo y que permite movimientos rápidos de 360 grados alrededor de un eje. Permite tomar imágenes fotográficas muy definidas independientemente de la velocidad, el terreno o las condiciones climatológicas. Es gracioso, porque flipé un poco en ese coche a pesar de que como actor me gusta hacer mis escenas de acción. Benoît estaba aterrorizado. Me decía todo el tiempo: “¡Eres un imbécil!” (risas) No entendía porque yo no tenía miedo, teniendo en cuenta que ambos somos hipocondríacos. Pero me encantó ir al volante de un Renault 4 Latas a velocidades de vértigo. Y me moría de risa viendo a Benoît a mi lado, presa del pánico. Pero esas escenas no tienen ningún misterio. Sólo llevan mucho tiempo. La de la autopista en la que vamos perdiendo piezas del coche, nos llevó una semana. Y el storyboard era muy preciso. Reflejaba de forma muy precisa los puntos en los que los coches tienen que chocar durante la secuencia de la persecución.
¿Cambió mucho la película durante el montaje?
En ese área también acudí a alguien con quién había trabajado en Bienvenidos al norte y La casa de tus sueños – Luc Barnier. No hicimos grandes cambios estructurales, pero insistimos mucho en el ritmo. Había una secuencia de diez minutos al final de la película que acabé cortando. Era un giro final del guión que no resultaba bien. Había gente que mostró reservas sobre "los cambios radicales del guionista" pero eso me impidió rodarlo. (risas) Había empezado con la idea de que muy a menudo los extranjeros se vuelven más intolerantes con respecto a otros extranjeros, y no quieren que se les llame "extranjeros". Así que al principio hice que el padre de Ruben fuera de la Bretaña francesa. Después de ser él mismo víctima de racismo cuando era joven, acaba siendo más belga que los propios belgas. En el papel funcionaba bien pero no ocurría lo mismo en la pantalla porque le quitaba protagonismo al personaje de Ruben, que lo pasó muy mal para aceptar a su colega francés. Si él es de origen francés, empiezas a pensar: "¿Y todo esto para nada? ¿De qué sirve entonces?”
Para la música de su película ha vuelto a recurrir a Philippe Rombi, que ya compuso las bandas sonoras de Bienvenidos al norte y La casa de tus sueños. ¿Qué tal funcionó la colaboración en esta ocasión?
Esta vez quería algo diferente. En Bienvenidos al norte, mis instrucciones eran que se utilizaran instrumentos acústicos sencillos para conseguir un "sonido Nino Rota", salpicado de toques líricos. En Nada que declarar, había tres elementos básicos diferentes: los agentes de aduanas, la historia de amor y los traficantes. Lo grabó con una orquesta de 80 instrumentos y estoy entusiasmado con el resultado.
¿Está más nervioso con esta película que con Bienvenidos al norte?
Ya he hecho pases de Nada que declarar en Lomme, al norte de Francia, para un público que no sabía lo que iba a ver. Quería hacerlo porque era consciente de la enorme expectativa que había después de Bienvenidos al norte y que había muchas probabilidades de que se sintieran decepcionados. Pero tengo que decir que se levantaron y me dieron una fantástica ovación. Me sentí tremendamente feliz y creo que es una buena señal.

