Sábado, 29 de Octubre de 2011 10:55

Entrevista con Jean-Pierre Améris

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Entrevista con Jean-Pierre Améris, director de Tímidos anónimos.

 

¿Cómo nació el proyecto?

 

Me da la impresión de que siempre he llevado dentro esta película. Es sin duda mi película más íntima y más autobiográfica. Siempre he sabido que un día contaría una historia alrededor de esa híper emotividad, de la angustia que llevo desde muy joven. Recuerdo que de niño, cuando tenía que salir de casa, miraba antes por el resquicio de la puerta para asegurarme de que no había nadie en la calle. Si llegaba tarde al colegio era incapaz de entrar en clase. En la adolescencia se agravó todavía más y por eso me apasioné por el cine. Al abrigo de las salas oscuras sentí realmente el miedo el suspense, la alegría, la esperanza, podía vivir las emociones más intensas sin preocuparme por la mirada de los demás.

 

Sin embargo, ha hecho varias películas y el lugar del director está muy expuesto.

 

De esa cinefilia afectiva surgieron mis ganas de hacer películas, y es el cine lo que me ha permitido superar mis miedos. A medida que progresaba, intentaba transformar esa angustia en aliada. Se convirtió en un motor. Fue así como me atreví a hacer mis primeros cortometrajes y meterme realmente en la piel de un director, con todo lo que supone. En perspectiva, veo que el miedo siempre ha sido el tema de mis películas: el miedo al compromiso en LE BATEAU DE MARIAGE, el miedo a lanzarse a su pasión de actor en LES AVEUX DE L’INNOCENT, el miedo a la muerte en LA VIDA (C’EST LA VIE), el miedo a la sexualidad en MAUVAISES FRÉQUENTATIONS. Los miedo de mis personajes constituyen el prisma a través del que los observo pero, como soy de naturaleza positiva, también me gusta contar cómo lo superan y tienen éxito.

 

¿Usted formó parte de Sensibles Anónimos?

 

Cuando sobre el año 2000 descubrí que existían esas asociaciones, fui. También he participado en un grupo de terapia en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière. Descubrí a otra gente, otras historias y, sobre todo, tomé consciencia del número increíble de personas que sufren este mal. Lo que más teme un híper emotivo es la presencia, la intimidad. La idea de encontrarse desnudo, tanto en sentido literal como figurado, le da pánico. Me sorprendió mucho oír el testimonio de jóvenes muy hermosas que estaban totalmente angustiadas ante la idea de una cita; he visto a hombres (a los que les podría haber envidiado su seguridad aparente) contar hasta qué punto les aterrorizaba realizar una exposición en público. Me tocaron y me emocionaron estas miserias cotidianas.

 

¿Cómo definiría el perfil del tipo híper emotivo?

 

Esas personas no son tímidas, es distinto. Son personas que viven en una tensión casi permanente, divididas entre un deseo muy fuerte de amar, de trabajar, de existir, y algo que las retiene y las bloquea siempre. Están llenas de energía y no están deprimidas ni son depresivas. Es ese estado de tensión definitorio lo que me llevó hacia la comedia, porque eso les pone a menudo en situaciones increíbles. En los grupos de terapia oí cosas muy divertidas de las que nos llegábamos a reír todos juntos. Los híper emotivos están tan dispuestos a lo que sea para evitar lo que les da miedo que se encuentran en situaciones inextricables y realmente burlescas. Y cuando se atreven a actuar, pueden realizar locuras. Funcionan como motores de explosión. Es un recurso cómico formidable.

 

¿Cómo se les reconoce?

 

No es nada evidente. A menudo son, sin saberlo, excelentes actores. Como tienen que asegurarse que no dejan entrever sus miedos, desarrollan una aptitud para replicar, para actuar, que a menudo es impresionante. No es casualidad que muchos actores sean híper emotivos.

 

¿Su percepción del mundo está desencajada?

 

Esas personas ven el mundo como un pequeño teatro. Están frente al escenario de un espectáculo al que deben subir para interpretar estando convencidos de que no podrán mantener el papel. Para ellos nada es banal. Entrar en un restaurante abarrotado, descolgar el teléfono. Todo les implica extremadamente. De golpe, ven también el mundo con una especie de poesía, un cierto desencaje, extraño, un poco como los niños. Ser emotivo es estar vivo. A pesar de todas la dificultades que a veces provoca, también es una forma de ver la vida con una intensidad excepcional. Paradójicamente, me dan pena los que están hastiados, los que no sienten nada, los que no notan nada, los que lo viven todo sin implicarse. Los emotivos tienen una fantasía, una energía que les hace ver el mundo de otra forma.

 

Sus películas siempre hablan de personajes a los que les cuesta encontrar su lugar...

 

Siempre he contado historias sobre individuos solitarios que intentan integrarse en un grupo. Les da miedo, pero buscan el vínculo. Es lo que me gusta contar en mis películas y es un poco la función del cine: crear un vínculo, reunir. La híper emotividad es una característica que aísla mucho. de pequeño era más bien solitario. Aunque no he llegado a ese extremo, he conocido a gente que no podía ni salir de su casa. Todo se convierte en una dificultad. Ir a buscar el pan o cruzarse con alguien en la escalera supone un esfuerzo. Hay miedo del otro y de su mirada.

 

En su opinión, ¿nació híper emotivo o se convirtió en ello?

 

Creo que la híper emotividad tiene sus raíces en la infancia. Recuerdo que en mi familia, de joven, la ansiedad era omnipresente. No les reprocho nada a mis padres, pero mi padre decía a menudo, como Jean-René en la película, “mientras no nos pase nada...”. Estábamos inmersos en ese estado de ánimo. Otra frase que salía a menudo era “sobre todo, no llamemos la atención”. Si sonaba el teléfono era necesariamente para anunciar la muerte de alguien. Vivíamos con miedo a un golpe duro, haciendo lo posible para no llamar la atención. El hecho de ser alto desafiaba sin duda ese segundo precepto. Resultado: todavía hoy, estar de pie en una sala, en un cóctel, por ejemplo, en medio de mucha gente, es una pesadilla absoluta.

 

¿Cómo decidió convertirlo en la base de su nueva película?

 

Es un proceso lento, unas ganas que me han crecido con el tiempo. Me atormentaba una pregunta: ¿qué nos da miedo en la vida? ¿El castigo, el ridículo, el fracaso, la mirada de los demás? Cuando realicé LA VIDA (C’EST LA VIE), frecuenté a mucha gente que iba a morir y todos me decían lo mismo: “que idiota he sido, tenía miedo. Habría tenido que hablarle, decirle que le quería. Habría tenido que atreverme. Ahora es demasiado tarde. ¿Qué me da miedo?”. Ese sentimiento es bastante universal. Todos nos arrepentimos de no haberlo intentado, y a menudo es estúpido. Hay que lanzarse, no tener miedo al fracaso, no temer llegar al límite. Lo importante no es tener éxito o fracasar, sino intentarlo. Tenemos demasiado miedo al fracaso. Estamos en una época de carrera por los resultados y eso añade todavía una presión que no aporta nada. Hay que tener éxito, hay que ser guapo, joven, pero eso destruye a la gente. Nadie consigue tener tanto éxito como los modelos que nos ofrecen. Es lo que intento contar en la película. Me apetecía contar una historia sobre esa angustia pero con un enfoque ligero, que pueda dar confianza a la gente que, en varios grados, sufren lo mismo que los personajes.

 

¿Cómo ha estructurado la historia?

 

He pensado en esta película durante años y la he enriquecido con personas a las que he conocido y con mi propia experiencia. Las cosas cristalizaron cuando me di cuenta de que se podía abordar el tema mediante la perspectiva de la comedia romántica. El potencial de las situaciones posibles entre dos personajes que sufren híper emotividad era enorme. Empecé a tomar notas, a documentarme. También leí mucho, sobre todo la obra de Christophe André y de Patrick Legeron, La peur des autres. Al final reuní más de cien páginas de notas y reflexiones, pero fue conocer a Philippe Blasband, un guionista belga, lo que me ayudó a construir la intriga. Le hice tener ganas de hacer una comedia romántica entre dos híper emotivos que ignoran que el otro también lo es, con la base de todo ese material autobiográfico. Juntos nos enganchamos a la historia. Muchos testigos que había oído en los grupos de terapia tenían que ver con el mundo de la empresa y quería que el encuentro tuviera lugar en un marco de trabajo. Luego, con Philippe, encontramos la idea del chocolate, quizá porque estábamos en Bélgica y trabajábamos en Bruselas, en un salón de té, pero seguramente porque el chocolate no es el alimento más anodino. El chocolate se conoce porque te ayuda a sentirte mejor, tiene un olor y un sabor que van ligados a la infancia, y los que sufren ansiedad abusan de él. De ahí la idea de la chocolatería en la que él sería el jefe y ella la chocolatera.

 

Su película ofrece un entorno muy estilizado, casi atemporal. A veces recuerda una fábula. ¿Cómo ha definido el estilo visual?

 

Ese aspecto se corresponde perfectamente a la percepción que tienen del mundo los híper emotivos. Quería que el espectador se sumergiera en su subjetividad. En mis primeras películas era más partidario de lo real: rodé LES AVEUX DE L’INNOCENT en la cárcel, LA VIDA (C’EST LA VIE) en una unidad de curas paliativas de verdad. Mi enfoque era llevar la ficción a lo real. Desde JE M’APPELLE ELISABETH, me he atrevido a crear mundos. En LES ÉMOTIFS ANONYMES, me rodeé de un equipo artístico que aprecio mucho (Gérard Simon en las luces, Sylvie Olivé en la decoración y Nathalie du Roscoat en el vestuario) y hemos creado ese universo intemporal. Para el personaje de Isabelle la referencia era Ginger Rogers, que es una actriz a la que adoro. Benoît era un poco James Stewart en EL BAZAR DE LAS SORPRESAS, de Ernst Lubitsch. Todo eso pasa por una paleta de colores, el rojo y el verde, un estilo de vestuario que hace pensar en los años cincuenta pero con el dinamismo actual, una arquitectura que recuerda más a Londres que a París, con los ladrillos, las pequeñas vitrinas de luces cálidas. También quería encontrar, transmitir el placer que me hizo adorar el cine, penetrar en otro universo, dejar el mundo real.

 

¿Cómo eligió a los actores?

 

Ya antes de empezar a escribir le hablé del proyecto a Isabelle Carré. Con ella acababa de rodar MAMAN EST FOLLE para la televisión y teníamos muchos puntos en común. Con Isabelle me sentí cómodo como pocas veces. Me daba la impresión de encontrarme con una especie de alter ego. Hablamos del tema y se interesó enseguida. Colaborando tanto tiempo juntos pudimos enriquecer a su personaje con pequeños detalles que vienen de ella o de mí. Es una actriz con la que tengo mucha afinidad y espero volver a trabajar con ella. También pensé en Benoît Poelvoorde muy pronto. A Benoît se le nota esa tensión. Cuando interpreta se lanza a la escena como un híper emotivo se lanzaría a la vida. Se lanza, sin red. Es un genio de la comedia y, como todos los artistas de ese nivel, el abismo y la emoción nunca están lejos. Puede emocionar y ser divertido a la vez. La idea también era descubrirle con una luz algo distinta, más al límite entre su emoción y su talento cómico. Escribir para él y para Isabelle nos ha aportado mucho.

 

Su película revisita muchos pasajes obligados de la comedia romántica, pero bajo un ángulo inédito, desplazado, y llevándoles más lejos...

 

Me gusta la idea de las películas de género claramente identificado y en esta comedia romántica, me acordé de las películas que me encantaban, a menudo anglosajonas. Me encanta la idea de un universo a parte, coherente, de un pequeño mundo. La metáfora del teatro es realmente perfecta: gente que sube a escena, otros se quedan entre bastidores, la mayoría prefiere ser espectador. Se quedan entre sombras, son los más numerosos, los más modestos, y me emocionan. Son ellos los que me interesan. Jean-René y Angélique son personas de a pie pero pueden encontrar su lugar en el mundo y en una comedia romántica. Son héroes que ganan muchas pequeñas batallas, sobre todo ante ellos mismos. Luchan por encontrar su lugar en el pequeño teatro del mundo.

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