127 HORAS es la nueva película dirigida por Danny Boyle, ganador del Oscar a la mejor película por SLUMDOG MILLIONAIRE en 2008. 127 HORAS está basada en hechos reales y cuenta la extraordinaria aventura del alpinista Aron Ralston (James Franco), que logró sobrevivir tras golpearse contra las rocas, herirse un brazo y quedar atrapado en el interior de una aislada grieta de un cañón en Utah.
A lo largo de la jornada, Ralston recuerda a sus amigos, amantes (Clémence Poésy), familia y a las dos excursionistas (Amber Tamblyn y Kate Mara) que conoció antes de sufrir el accidente. Durante los cinco días siguientes, Ralston lucha contra los elementos y contra sus propios demonios para descubrir, al final, que cuenta con el valor y los medios suficientes para conseguir salir de allí como sea, descendiendo por una pared de 20 metros y ascendiendo 13 kilómetros antes de ser rescatado definitivamente.
Con una estructura narrativa muy dinámica, 127 HORAS es una historia visceral y emocionante que sumergirá al espectador en una aventura que nunca ha experimentado, y demostrará lo que podemos llegar a hacer cuando elegimos la vida.
DETALLES DEL RODAJE
La poco habitual naturaleza del rodaje de 127 HORAS implicó que Danny Boyle y su equipo tuvieran que transgredir incluso los parámetros más creativos de la realización cinematográfica. Para Boyle, todo giraba en torno a una simple palabra: dinamismo. Su fuerza motriz consistía en mantener la pantalla, en cada segundo, repleta constantemente de emoción y movimiento, sin que aparentemente importaran los pequeños cambios que Aron iba sufriendo durante los días y noches que duraba su aventura.
Al principio de la película, Boyle imprimió el tono de velocidad y de altas dosis de adrenalina siguiendo al personaje de Aron mientras jugaba con la naturaleza de forma osada y excesiva, como habitualmente solía hacer. Aron vuela montado en su bicicleta de montaña a través del fascinante desierto, sube por rocas de color rojizo y dorado junto a dos chicas que ha conocido escalando, y se sumerge despreocupadamente en unas aguas claras y azules. Después el mundo se detiene para Aron y todo el movimiento sucede ya dentro de su cabeza.
Cuando, mientras Aron está atrapado, una serie de sucesos ocurren inesperadamente, incluyendo una tempestuosa tormenta que lo inunda todo, la perspectiva de Aron queda de repente reducida exclusivamente a lo que puede observar desde el interior del cañón: un trozo de cielo, pequeños rayos de sol, un cuervo misterioso, las lesiones de su propio cuerpo..., y su mente lo va observando todo.
Para Boyle, el hecho de reflejar un dinamismo constante una vez que el protagonista queda atrapado constituía toda una prueba de su propia imaginación. Boyle pensó que la solución podía residir en combinar creativamente distintas técnicas de cámara, incluyendo planos intercalados, trípticos y distintos tipos de negativos, ideas que en gran parte ya había apuntado directamente en el guión. Pero para garantizarse una aportación a nivel visual realmente significativa, el director hizo algo sin precedentes. Decidió contratar a dos destacados directores de fotografía para que filmaran la película al alimón.
“Decidimos utilizar dos directores de fotografía –Anthony Dod Mantle, que filmó SLUMDOG MILLIONAIRE, y Enrique Chediak, que filmó 28 SEMANAS DESPUÉS– porque necesitábamos múltiples puntos de vista y porque la cámara, en cierto sentido, compensa el hecho de que haya muy pocos personajes en la película”, explica Boyle.
Boyle prosigue, “Las personalidades de Anthony y Enrique son en sí mismas muy interesantes, y su estilo es completamente diferente. Enrique posee una sensibilidad muy sudamericana y el estilo de Anthony es más del Norte de Europa. Lo que hicimos fue proveer a cada uno con tres tipos de cámara –cámara tradicional, cámara digital y cámara fotográfica–, lo que nos permitió trabajar con un metraje enormemente diverso. Ambos filmaron imágenes hermosas e intensas, de modo que había la impresión de un cambio constante, la impresión de que Aron estaba inmerso en una gran aventura, incluso cuando se movía escasamente unos centímetros”.
El hecho de trabajar con dos unidades de fotografía principal conllevó un excepcional reto de logística, pero Colson dice que también supuso una oportunidad. “Resulta emocionante que no se haya llevado a cabo anteriormente. Danny desarrolló la idea al principio del proceso y todos tuvimos que ponernos rápidamente al día”, afirma Colson. “Descubrimos que las ventajas eran inmensas. Nos permitía reducir el calendario de rodaje y, al mismo tiempo, aprovecharnos de una mayor cantidad de energía creativa. La posibilidad de comprimir el tiempo de rodaje también implicaba mayor frescura en la interpretación de James. Todo el mundo sentía sus energías renovadas constantemente ya que con cada director de fotografía las formas de captar esa experiencia eran totalmente nuevas”.
Mantle y Chediak señalan que entre ellos nunca hubo un sentimiento competitivo sino más bien una sinergia mutua. “Ambos somos muy sensibles y vulnerables como artistas, pero también somos muy diferentes”, dice Mantle. “Nuestra visión es distinta, pero también tenemos mucho en común. Al principio, como no nos conocíamos, nos llevó un tiempo establecer un vínculo. Una vez que empezamos a filmar, trabajábamos de forma independiente, pero completamente pendientes de las imágenes que el otro rodaba”.
“Tanto mi forma de trabajar como la suya evolucionaron orgánicamente. Sin embargo, ambas percepciones encajaron perfectamente de forma natural porque nuestras sensibilidades son muy similares”, dice Chediak.
A ambos les entusiasmaba la idea de rodar de forma que la estrecha barrera entre pantalla y público se difuminara durante un par de horas.
“Trabajábamos a partir de multitud de matices–atmósfera, colores, movimientos de cámara– y de cualquier forma de expresión que a uno de los dos se nos pudiera ocurrir para recrear las fantasías y recuerdos de un hombre, así como su línea de pensamiento”, manifiesta Mantle. “Danny quería que sumergiéramos por completo al espectador tanto en el interior del cañón como en la mente de Aron, y que usáramos nuestras cámaras para transportar al público desde lo meramente físico a lo puramente mental y emocional.
Realmente tuvimos que seguir nuestro instinto, dejar que la cámara formara parte de la psique de Aron. Teníamos que pensar más allá del encuadre y de la iluminación porque, en esta película, la técnica tenía un papel mucho más profundo”.
“Desarrollamos un lenguaje totalmente nuevo de cómo pueden interrelacionarse tres imágenes”, considera Mantle. “Fue un regalo tener la posibilidad de hacer algo como esto”.
Boyle añade: “Fue una manera muy interesante de captar la textura y la rutina de los días vividos por Aron sin que el público tuviera que experimentar realmente esas 127 horas. Asimismo, nos permitió reflejar simultáneamente lo que pasaba en realidad en el cañón y las reflexiones que hacía Aron al respecto”.
Colson resume: “Danny y los directores de fotografía concibieron un lenguaje visual propio para mantener el ritmo, la energía y la fluidez a lo largo de la película. Incluso los flashbacks resultan poco convencionales porque los recuerdos de Aron se insertan directamente dentro del cañón, tal y como a Aron le pareció que ocurría realmente”.
La visión del filme en su relación con el icónico paisaje del western también fue reformulada tanto por Boyle como por los dos directores de fotografía. “Estos paisajes han sido escenario de cientos de rodajes del género western, pero nosotros queríamos dotarles de un nuevo enfoque”, dice Mantle. “El paisaje no sólo es el fondo del decorado sino que también se constituye como paisaje emocional, rodado con abundante carga emocional. Es un paisaje hermoso pero despiadado”.
“Lo que hicimos en el cañón fue una recreación del estado psicológico de Aron, situando al cañón como telón de fondo”, dice Chediak. “Pero es el cañón –el destello de la cámara, la incomodidad, el sol, el calor, el polvo– lo que se ha incorporado para recrear el estado mental de una persona que posiblemente va a morir”.
Para todo el mundo era realmente importante rodar fragmentos del filme en el sitio exacto donde el destino de Aron cambió por completo: Blue John Canyon, un estrecho y abrupto conducto de arenisca, de complicado descenso, ubicado en el Parque Nacional Canyonlands.
Hoy conocido principalmente por aventureros escaladores, montañeros y especialistas en descenso de cañones, Blue John está tan lejos que un helicóptero tenía que transportar al reparto y al equipo técnico y de realización una y otra vez, pasando luego la noche en un campamento ubicado en plena naturaleza.
Además de rodar en el auténtico Blue John Canyon, la diseñadora de producción y de vestuario Suttirat Larlarb (SLUMDOG MILLIONAIRE) reconstruyó también en un plató el espacio de pocos centímetros de anchura donde Ralston quedó atrapado, lo que aportó mayor flexibilidad y seguridad a la hora de rodar durante un período prolongado. Para que el diseño fuera absolutamente fidedigno, el equipo delimitó cada uno de los contornos del terreno y construyó a escala las arqueadas paredes del cañón así como la roca de más de 360 kilos de peso que mantuvo prisionero a Aron.
Todos los elementos de la película, desde la dirección de fotografía, el diseño de producción, la extraordinariamente ecléctica banda sonora de A.R. Rahman (SLUMDOG MILLIONAIRE) y la personal interpretación de James Franco, contribuyen a anticipar el clímax de la sorprendente evasión de Aron. Lo que visualmente empieza siendo un momento inquietante se transforma en una exultante liberación cuando Aron asombrosamente escapa de lo que podía haber sido su tumba.
“La película despliega un extraordinario sentimiento de liberación y energía justo en ese momento”, afirma Colson. “Tras haber estado atrapado junto a Aron, en una trampa tan brutal y tan real, el sentimiento del espectador es extraordinario tanto por haber escapado de la muerte como por volver de nuevo al mundo. Creo que la película no sólo contiene grandes dosis de acción sino también mucha belleza”.

